18 noamericanas. Entre otras, pero centralmente, las restauraciones democráticas de los años 80 del siglo pasado habían cedido paso a la década neoliberal un consenso más o menos aceptado para nombrar los fenomenales retrocesos conservadores de nuestras sociedades; en el ingreso, en el trabajo, en la vida cotidiana de las clases populares, también en la cultura. En la academia, el optimismo por lo popular recuperado lo popular como garantía de las nuevas democracias, había dejado lugar a lo que Alejandro Grimson y Mirta Varela llamaron, en 1999, un pesimismo terminal, en el que cualquier preocupación por lo popular era sencillamente superflua. en particular, el éxito intelectual de la categoría de culturas híbridas había radicalizado lo que, en el libro de García Canclini de 1990, era únicamente una fórmula: Ni culto, ni popular, ni masivo. Es necesario deconstruir esa división en tres pisos, esa concepción hojaldrada del mundo de la cultura. La deconstrucción dio paso, desenfadadamente, a la desaparición. POSPOPULARES. LAS CULTURAS POPULARES DESPUÉS DE LA HIBRIDACIÓN Paradójicamente, lo que también se había esfumado era la centralidad jerárquica que revindicaba Borges en 1984: esa amenaza velada no puede sustituirse el estudio de Virgilio, o el de Voltaire, por el de Canal 13 se reveló, en las dos décadas siguientes, pura anacronía. El Canal 13 de televisión de Buenos Aires se convirtió en el mascarón de proa del grupo multimedios más concentrado de la historia latinoamericana aunque disputando cabeza a cabeza esa preeminencia con otros dos: el mexicano Televisa y el brasileño Globo. Los grupos multimediales ocuparon el centro de la producción y la administración cultural latinoamericana.
Virgilio y Voltaire permanecieron, en cambio, como los nombres de dos calles en un barrio de Buenos Aires sabiamente acompañadas, es preciso decirlo, por las calles Lope de Vega, Manzoni, Dante, Byron, Milton y Leopardi. El Arte que tan amenazadoramente defendía Borges aquello que no podía sustituirse, se había vuelto mera toponimia.
La cultura popular había nacido en un gesto culto: el de agregar una desinencia inferiorizante a una palabra consagrada para distinguirla